Soy Teobaldo Corro. Esto es lo que me trajo hasta la acuarela.

Diseñador de formación, migrante y acuarelista afincado en Getafe, Madrid. Pinto lugares y objetos porque sé lo que se siente cuando dejan de estar cerca.

Teobaldo Corro sonríe sentado a su mesa de trabajo, lápiz en mano, junto a un portátil con una fotografía de referencia de la Torre Eiffel abierta en un programa de diseño.

Mi historia

Antes de pintar, dibujaba para otros. Años de diseño gráfico me enseñaron oficio, pero en algún momento dejé de sentir que el trabajo era mío. Llegaron bloqueos que no sabía nombrar del todo, y una migración que cambió de golpe qué lugares tenía cerca y cuáles no.

La acuarela apareció en medio de eso. No la elegí por estrategia ni por una idea de negocio: la elegí porque era lo único que me devolvía la sensación de estar haciendo algo mío. Empecé a pintar por necesidad propia. Con el tiempo entendí que lo que de verdad me interesaba pintar no era la técnica en sí, sino los lugares — los que alguien lleva encima aunque ya no pueda visitarlos.

De dónde vengo

Soy venezolano. Salí de Venezuela con la imagen de ciertos lugares guardada en algún sitio que no tiene nombre exacto: no en fotografías, sino en la forma en que recuerdas cómo se sentía estar ahí, más que cómo se veía.

Sé lo que cuesta cuando un lugar importante deja de estar cerca. Sé la diferencia entre tener una fotografía de la casa donde creciste y tener algo que de verdad la haga sentir presente en el lugar donde vives ahora. Esa distancia es la que reconozco en cada persona que me escribe para contarme la historia de un lugar al que ya no puede volver con facilidad.

No pinto siempre desde la nostalgia — también pinto homenajes, celebraciones, agradecimientos. Pero cuando alguien me habla de distancia, sé exactamente de qué me está hablando.

Cómo trabajo

Antes de tocar un pincel, escucho. Qué pasó en ese lugar. Por qué importa. Si es para honrar a alguien, para celebrar algo, para conservar lo que está cambiando o para tener cerca lo que ya no puedes visitar. Esa conversación es la mitad del trabajo — la otra mitad es la pintura.

Trabajo a partir de las fotografías y referencias que me envías, aunque sean antiguas, estén desenfocadas o solo muestren una parte del lugar. Te digo con honestidad qué puedo reconstruir antes de empezar. Preparo una propuesta de encuadre y un boceto que revisas conmigo antes de que empiece la acuarela definitiva: no pinto nada a ciegas.

Uso papel profesional 100 % algodón de 300 g/m² y pigmentos profesionales, porque la obra tiene que durar tanto como la memoria que representa.

Lo que no cambio

Honestidad sobre la capacidad

Solo acepto encargos que puedo entregar con rigor. Si las referencias que me envías son tan limitadas que no puedo garantizar un resultado fiel —por ejemplo, una sola foto borrosa de un objeto pequeño o un ángulo que no muestra lo esencial del lugar— te lo digo antes de reservar, no después.

El lugar y el objeto como protagonistas

La técnica está para servir a tu historia, no al revés. Si mi firma o mi estilo terminaran pesando más que lo que quieres conservar, algo habría fallado.

Aprendizaje permanente

Llevo menos de dos años dedicado en serio a la acuarela. No lo escondo, y tampoco lo uso como excusa: sigo estudiando, sigo revisando materiales y técnica, y esa mejora continua es parte de cómo trabajo, no una debilidad temporal.

Un encargo que resume cómo trabajo

La casa de infancia de Soriant es, hasta ahora, el encargo que mejor demuestra el proceso completo: referencias imperfectas, una historia real de distancia, y una acuarela que tuvo que reconstruir más de lo que las fotos mostraban.

Cuéntame qué quieres conservar

Si tienes un lugar o un objeto en mente, una historia que contar o simplemente dudas sobre cómo funciona el proceso, empecemos por ahí.